Madrid

275km

La noche en Plasencia fue muy calurosa, demasiado. Nunca en mi vida había tenido que dormir con el aire acondicionado. Pero siempre hay una primera vez. Se puede deducir que no dormí muy bien de lo que he puesto antes y así fue. Además tenía un punto de resaca por las cervezas de la cena más la copa de vino que me tomé en el Parador. Todo sumado no fue de los mejores despertares de mi vida.

El día me iba a llevar hasta Madrid. Hacía tiempo que no veía a mis amigos de allí y tenía ganas. Lo hice a través de La Vera y el valle del Tiétar, dos zonas preciosas que se encuentran entre la Sierra de Gredos y la Mancha. Las descubrí hacía dos años en la ruta de Cabo da Roca, entonces ya de vuelta hacia Barcelona, pero me gustaron tanto que decidí volver a recorrerlas, en esta ocasión como ruta de paso hacía Cabo de Gata.

En sí, al ser una ruta que ya conocía iba confiado en cuanto a los tiempos que iba a emplear. Tanto que había quedado para comer en Madrid. Ingenuo de mí los días tranquilos en moto no existen, sea por lo que sea, por causas buenas o no tan buenas. Pero no adelantemos acontecimientos.

La carretera que va por La Vera es preciosa. Va acercándose cada vez más a la Sierra de Gredos por el sur y a su vez va superando diferentes gargantas que descienden de la sierra, que se superan con puentes teniendo unas vistas espectaculares. Además todos los pueblos que se cruzan (Tejeda de la Vera, Jaraíz de la Vera , Jarandilla de la Vera, etc.) son realmente acogedores y en todos te quedarías para tomar una caña y hablar con los lugareños. Evidentemente, como buena carretera que va por un valle, el trazado es precioso para hacer en moto.

Los acontecimientos que perturbaron mi tranquila ruta se comenzaron a precipitar a partir del penúltimo pueblo de la zona la Vera. Después de pararme a hacer unas fotos noté una ligera vibración en la parte trasera de la moto que mi cerebro quería negar por conocida. En Madrigal de la Vera, último pueblo antes de entrar en Castilla y León me paré a comprobar lo que con todas mis fuerzas no quería que pasara: juego en el rodamiento trasero. Y sí, efectivamente, tenía juego. Por eso de querer llegar a tiempo continué camino hacia Madrid con la esperanza de que aguantara (quedando más de ciento ochenta kilómetros), pero la realidad se impuso. Al cabo de muy pocos kilómetros el bailoteo de la parte trasera de la moto indicaba que había que parar lo antes posible.

En el primer cruce que encontré, ya en el valle del Tiétar, me puse a buscar el pueblo más cercano. Resultó ser Candeleda, que se encontraba a tan sólo un kilómetro. Mi estado de ánimo después la caída de moto del día anterior, la mala noche que pasé y en ese momento la rotura del rodamiento era de beber para olvidar, por lo que en vez de buscar un taller buscaba un bar. Y como en España no hay pueblo sin bar, una de las primeras casas a la entrada de Candeleda era un bar. La suerte hizo que hubiera un taller al  lado mismo, casi como por arte de magia. La inercia me hizo meter la moto directamente en la entrada. La gente de los pueblos va a otro ritmo, mucho más tranquilo. La realidad es que no me acordaba de este detalle en ese momento, y la verdad es que los envidio mucho. Los nervios del momento o mi ritmo acelerado del día a día de vivir en una gran ciudad me daban la sensación que el hombre no tenía ninguna de las intenciones de querer mirarse la moto, o al menos como yo lo haría. Pero no sería justo con él si afirmase esto. La realidad es que fue un gran profesional. Lo que a mí me parecía pasividad en realidad estaba siendo análisis de la avería y valoración si lo podría reparar lo antes posible. En todo momento entendió la urgencia de la reparación y de mis compromisos que tenía en Madrid. Tan profesional fue que en una hora estaba de nuevo en ruta y a un precio muy económico. El tiempo de tomar una caña y charlar con los lugareños. Desde aquí dar las gracias más sinceras a Talleres Mesa de Candeleda. Se puede decir que más que perder una hora de tiempo la invertí. Tuve una enorme suerte que todo saliera a la primera y con la tranquilidad de tener rodamiento nuevo que me aguantaría durante todo el resto de la ruta sin problemas.

Una vez puesto en ruta continué por el valle del Tiétar. Para estar más tranquilo avisé a Lola, con quien había quedado para comer, de retrasar la hora de comida debido al contratiempo. No tuvo inconveniente por lo que todo continuaba según lo previsto, pero una hora más tarde. El calor poco a poco se fue haciendo más intenso como tocaba en mediodía a mitad de mes de agosto en el centro de la península.

Una de las curiosidades que hay camino de Madrid es la carretera alternativa de Navas del Rey para aligerar el tráfico los fines de semana. Tiene la particularidad que son dos kilómetros desde que comienza hasta el pueblo de ser una carretera de sentido único con lo que la puedes hacer como un “circuito”, sobre todo poder cerrarte en las curvas a izquierdas sin temor a que te viniera nadie de frente. Evidentemente siempre con las precauciones que se han de tomar al ir por carreteras con tráfico abierto.

A partir de hay ya entré en la Comunidad de Madrid y ya todo autovía hasta la capital (alcancé los 121 km/h, alucinante). Me perdí un par de veces en la maraña de entradas y salidas de las autopistas que circunvalan la ciudad pero sin mucho problema volví a encontrar el camino correcto. Ya no es la primera ni la segunda vez que estoy en Madrid y todo me va sonando un poco. Me esperaba más calor, o sensación de calor, aunque evidentemente no se podía estar más que en locales refrigerados hasta que el sol se pone. Después de comer con Lola en un restaurante cercano al metro de Arturo Soria el resto fue echar risas con otros conocidos que en agosto, mes de vacaciones para muchos, se encontraran en la ciudad y descansar temprano con la sensación de que al final el día no había comenzado bien pero había terminado de una forma magnífica.

Al día siguiente me esperaba volver a una de las zonas que más me gustan y que he descubierto hace dos años, Albacete y su sierra, así como ver a los amigos que tengo allí. Es lo que tiene la moto.

Saludos y V’ss.

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