Plasencia

275 km

El último día que rodaría por Portugal comenzaba con un contratiempo a primera hora de la mañana. Por temas de trabajo me llamaron y retrasaron mi salida en casi una hora. Este factor al final del día tendría su consecuencia. Aún así esto no me iba a distraer de mi objetivo del día: completar todos los distritos de Portugal.

La ruta de este día me iba a llevar de vuelta a España saliendo desde Viseu en dirección Seia, ya en el distrito de Guarda. Desde allí entraría en la Serra da Estrela hasta Manteigas y cruzaría la sierra hasta su punto más elevado que marca la frontera con el distrito de Castelo Branco, el último de los que me quedaban por visitar. Descendería a Covilhá y ya encararía camino hacia España. A partir de la frontera ya era cuestión de recorrer kilómetros hasta llegar a Plasencia.

La carretera hacia Seia era atractiva pero no tanto lo habían sido las del norte de Portugal. Seia me sorprendió por lo grande que era. Sinceramente, no me esperaba una población de esa magnitud en el interior del país. Así mismo por lo que pude ver que tenía mucha vitalidad y actividades turísticas, todas relacionadas con la Serra da Estrela.

A partir del momento en que comienzas a subir hacia la sierra las carreteras cambian completamente y pasan a ser carreteras de montaña o de alta montaña. De hecho el punto más alto de la sierra está casi a dos mil metros. Son carreteras estrechas, reviradas o muy reviradas, y en muchos tramos el asfalto rugoso en el mejor de los casos: en definitiva una auténtica gozada. De hecho el enlace de las carreteras N232, N338 y N339 entre Seia, Manteigas y Covilhá es de lo más divertido que he hecho en moto y la recomiendo hacer en cuanto tengáis ocasión.

Después de un descanso en Manteigas, último pueblo de Portugal donde pararía, encaré la parte final de la ascensión al punto más elevado de la sierra. La carretera sube casi todo su tramo inicial en línea recta donde puedes ir observando todo el valle mientras asciendes y cómo va cambiando el paisaje: pasas de grandes extensiones de verde y poco a poco se van haciendo más estrechas quedando atrapadas entre las montañas rocosas. Una auténtica gozada para la vista. En la parte final unas pocas curvas de herradura te dan acceso a la cima y, justo en ese momento, entrar en el último de los distritos que me quedaban por visitar de Portugal: Castelo Branco. Había conseguido completar todo Portugal en tan sólo tres años. Lo más curioso del caso es que he visitado antes todos los distritos Portugal que las provincias de España, todo consecuencia de la avería el año pasado en Granada.

Realmente me llegué a emocionar descendiendo hacia Covilha, hasta el punto de llorar dentro de mi casco. Una cosa que comenzó un poco por casualidad hablando con la gente del Moto Grup Druides, cuando me recordaron que existía Cabo da Roca en enero de 2015, el punto más occidental de Europa. Me habían hablado ya de este lugar unos par de años antes, precisamente una amiga portuguesa residente en Barcelona, muy orgullosa de ese lugar cercano a Lisboa. A partir de ahí y gracias a la infinita hospitalidad de la gente de este país con la me que acogieron en mi viaje a Cabo da Roca se me metió entre ceja y ceja el objetivo de recorrer todo Portugal. En el primer viaje al país luso visité los distritos de Évora, Santarém, Lisboa, Setúbal y Portalegre. El año pasado aprovechando la ruta a Andalucía internándome hasta cabo de San Vicente en el sur, visitando los distritos de Beja y Faro. En esta ocasión fue el norte para recorrer todos los que he me faltaban y que he ido citando a lo largo de las diferentes crónicas pero que recuerdo aquí: Bragança, Vila Real, Viana do Castelo, Braga, Porto, Aveiro, Coimbra, Leiria, Viseu, Guarda y Castelo Branco. Y en cada uno de los viajes me sorprendía constantemente con los paisajes que descubría y volvía a sentir el calor de la gente local: realmente me daba mucha pena salir de Portugal. Y no podría haber una despedida mejor que haber descubierto la Serra da Estrela.

Covilhá también era una ciudad grande, si cabe más aún que Seia. En el caso de Seia me sorprendió por la cercanía a Viseu, otra ciudad bastante grande. Covilhá era la última población de renombre antes de entrar a España y tenía su cierta lógica en parte que fuera importante. Una de las consecuencias de salir una hora tarde fue que no pude parar en Covilhá a comer dado que estaban pasando las horas y no sabía cuánto tiempo me llevaría visitar Plasencia, por lo que decidí hacer camino y comer en alguna zona de picnic.

Las vistas de la serra da Estrela mientras me alejaba eran impresionantes y las prisas nunca son buenas consejeras. Estaba tan emocionado por todo que en un momento que me metí en un camino de tierra para hacer fotos de la sierra y, en el momento de querer media vuelta pisé mal y me caí: estoy por afirmar que he creado el club de los moteros que se caen en parado… Por suerte sólo fue un susto y lo único que se rompió fue parte de la maneta de freno delantera.

Después de este pequeño percance, que no es más que una anécdota llegó el momento de cruzar la frontera. Sigo pensando que es realmente curioso como en algún momento de la historia los políticos decidieron que una línea dividiría un paisaje que es igual a un lado y otro de dicha línea.

Pasada la frontera paré a comer en una área de picnic. La verdad es que después de Covilhá comenzó a hacer bastante calor y cada vez estaba siendo más intenso a medida que me acercaba a Plasencia. Por esta razón que quería llegar pronto al hotel y no me paraba de acordar de la hora al teléfono de primera hora. Y también porque quería dormir un poco de siesta también. En lo que se refiere a calor estaba siendo lo más duro del viaje desde que había salido de Barcelona. He de decir que la mochila de agua que me compré para este viaje fue la mejor idea que tuve en los preparativos.

Los últimos cincuenta kilómetros, bajo un calor infernal, fueron por autovía. Una vez llegado a Plasencia estaba tan sofocado que no dudé en ir a un lugar de baño que se encontraba cerca del hotel que se llamaba “La isla”, que no era más que un antiguo canal que se había habilitado para el baño con una superficie de césped bastante amplia a uno de los lados del canal para que las familias pudieran ir a bañarse. Mira que odio el agua fría, pero no dude ni un momento en meterme, pero sólo hasta el cuello: el fondo del canal no se veía. Supongo que ya me entendéis.

Decir que estaba tan a gusto dándome el baño que me daba mucha pereza irme, pero la verdad es que menos mal que me moví porque un poco más y me “cerraron” la ciudad para visitar los lugares de interés en condiciones. Plasencia por suerte es una ciudad que tiene un casco histórico bastante concentrado, a excepción del acueducto, y que en poco tiempo se puede visitar lo más importante. Además que todos los rincones que tiene a medida que se acerca la noche van cogiendo un encanto especial.

Para terminar la visita después de cenar me pasé por la sala “chillout” del Parador de Plasencia, un edificio que vale  mucho la pena visitar. Esta sala la abren a partir de las diez de la noche para todo el público y es muy recomendable para ir a tomar unas copas al final del día. En mi caso, con una copa de vino de RIbera brindé por todo lo que estaba disfrutando del viaje y todo lo que me quedaba por disfrutar: estaba justo en la mitad.

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