Porto, día de relax

Porto iba a ser lugar de parada y fonda por dos noches en esta ruta Ibérica. Por primera vez en todas las rutas que he realizado iba a pasar más de una noche en un destino. Esta afirmación hay que matizarla. En otras rutas también he estado más de una noche en el mismo lugar, pero siempre era en el pueblo de mi padre en León, que era como estar en casa, por lo que no cuenta. En este caso iba a ser diferente. Después de las ganas que me quedaron en la ruta a Cabo da Roca de visitar en condiciones Lisboa y en la ruta a Andalucía de conocer más en profundidad el Algarve diseñé la ruta con el objetivo de, además de hacer moto, conocer los destinos en condiciones, y en especial Porto.

Hay que decir que en una tarde y un día no da para conocer mucho de Porto pero sí que te haces a la idea del tipo de ciudad que es. Enseguida te das cuenta que es una ciudad muy turística pero que aún así mantiene su esencia. Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en Porto son dos palabras: decadentemente romántica. Y donde los colores que predominan son el azul y el blanco. Es una ciudad que desde el primer momento se percibe un ambiente que invita a ir tranquilo y disfrutar con el tiempo que se merece todo, sin prisas, como pidiéndote que vivas una historia de amor por sus calles bohemias. Y así como hay una atmósfera de romanticismo que envuelve toda la ciudad también se perciben muchos rincones abandonados que han vivido un pasado más glorioso y han quedado como un recuerdo de lo que fueron.

El gran objetivo del día era ir a visitar el puente Luis I que cruza el río Duero. Para ello decidí que fuera lo último que visitaría de la ciudad, como si fuera el punto culminante. Lo primero que fui a visitar fueron los Jardines del Palacio de Cristal donde te podrías estar paseando todo el día sin mirar el reloj. Tomar un “pingado” disfrutando de las vistas de los jardines, subir al torreón que domina el Duero o caminar por el “laberinto” son sólo tres de las muchas cosas que se pueden hacer en estos jardines.

El siguiente punto a visitar era el Palacio de la Bolsa. Para llegar allí fui por un entramado de calles en el que me pude percatar del mucho arte urbano que hay por toda la ciudad. En todos los rincones había grafitis y  murales pintados, algunos de ellos verdaderas obras de arte. Evidentemente todas firmadas. También descubrí  la calzada portuguesa, una serie de pequeñas baldosas blancas y negras que se conforman para hacer diferentes dibujos y formas. Es un tipo de calzada que está implantada por todo Portugal. Finalmente no acabé accediendo al Palacio ya que el precio de la entrada me parecía desproporcionado y decidí invertirlo para ir a comer. Aún así lo poco que pude observar era precioso.

Para proseguir mi camino hacia el puente Luis I después de comer me seguí perdiendo por la calles de Porto. El primer sitio que decidí visitar fue la Torre dos Clérigos, que destaca desde cualquier punto de la ciudad. En aquel punto el volumen de turistas comenzaba a ser un poco agobiante. Realmente curioso fue ver el tranvía turístico circular por las calles sin estar segregado del tráfico ni de las aceras para peatones.

La estación de tren, que data de 1910, es de visita obligada. En la entrada de la misma podrías estar un buen rato admirando sus pinturas y murales. Los andenes de la misa transmiten una sensación de relajación que contrasta con el trasiego de toda la gente que se queda en el vestíbulo (con motivo por otra parte). Los tres túneles que se abren hacia la montaña impresionan como si fueran bocas gigantes.

Continué mi visita de la ciudad hacia la catedral, que se encuentra bien cerca de la estación ya en el centro histórico. Una construcción imponente pero sobria que no abundaba en grandes detalles  a pesar de ser barroca, por lo que no se ve muy sobrecargada. El día gris que hacía, algo por otro lado que no es extraño en esta ciudad por lo que me han contado, ayudaba a esta sensación de sobriedad que proyectaba.

Una vez visitada la catedral ya me dirigí hacia el puente de Luis I a través del barrio viejo y bajando hacia la ribera del Duero. Un entramado de calles angostas, con mucha pendiente con infinidad de escalones y multitud de rincones realmente acogedores donde también estaba presente esta decadencia romántica que comentaba al principio.

Finalmente, y desde la ribera pude observar la imponente y férrea estructura del puente Luis I, que uno Porto con Vila Nova de Gaia. Una estructura que recuerda mucho a la de la Torre Eiffel. De hecho el ingeniero responsable, Théophile Seyrig, era socio de Gustave Eiffel. Lo que más llama la atención es su arco central que, visto desde abajo es impresionante, sobre todo cuando se pasea a través de la plataforma inferior. Las vistas que hay de la desembocadura del río Duero y del casco viejo de Porto desde la parte superior del otro lado de la ribera son impresionantes. Un lugar que a pesar de la alta densidad de turistas te consigues relajar y desconectar completamente. Cruzar la plataforma superior del puente es tan espectacular como hacerlo por la parte inferior, en parte porque el metro de Porto pasa por esa plataforma y la segregación respecto los peatones es mínima por no decir inexistente, como en el caso del tranvía.

Una vez visitados todos estos lugares di por finalizada por el momento la visita turística y regresé al hotel para descansar, con el objetivo de volver al puente Luis I de noche.

Para cenar me pedí un plato “ligero” por decirlo de una manera irónica, una “francesinha”, acompañado de una copa de Alentejo tinto en un restaurante que estaba cerca de la Torre dos Clérigos. Un plato que estaba realmente delicioso pero que por su consistencia es recomendable para comer más que para cenar.

La vista nocturna al puente de Luis I, con toda la ciudad de Porto iluminada además de ser tan espectacular como la diurna tiene dos ventajas. La primera es que hay mucha menos gente, y la segunda es en sí la noche y la forma en que la está iluminado: le da un punto sublime y ensalza aún más el romanticismo que ya de por sí tiene.

Realmente me daba mucha tristeza poner punto final mi visita a Porto, una ciudad que me ha encantado y a la que voy a querer volver en cuanto tenga ocasión para embriagarme de nuevo de ella, de sus rincones y de sus gentes. Pero el viaje continuaba y tan sólo había recorrido tres de las diez jornadas de las que constaba, y continuaba al día siguiente para seguir descubriendo los diferentes rincones de Portugal con destino a Viseu.

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